jueves, 6 de marzo de 2014

La muerte se venga V

Inés estaba muy triste, se sentía muy sola, su abuela ya no estaba con ella. Las dos habían estado muy unidas, ella le contaba todo a su abuela y su abuela la había salvado de más de dos regañinas de sus padres.
Ella pensaba que si de verdad los muertos podían volver a la Tierra, su abuela estaría siempre cuidándola.
Inés cogió con sus manos la medalla que llevaba al cuello, regalo de su abuela, al cogerla tuvo la sensación de que sus manos se entrelazaban con otras manos, como si otras manos ya tuvieran cogida la medalla. Besó la medalla y tuvo la sensación de que sus labios se posaban en una mejilla y enseguida percibió ese olor...el que cada persona lleva impregnado en su cuerpo...y ella supo que ese olor era el de su abuela, ese olor que daba a colonia fresca y que aunque ella hubiese olido la misma colonia en otra persona no habría olido igual. Inés sabía que no podía oler porque su abuela no estaba allí, por eso cogió la explicación más sencilla...ese olor era el que reconocía y aunque pasasen muchos años ella le tendría siempre presente... Ya veis, en esta vida si queréis siempre encontraréis explicación para todo.
Se encogió en el saco y con la medalla entrelazada en sus dedos dijo:
- Abuela, te quiero mucho, nunca te olvidaré.
Entonces notó como su saco se pegaba a su cuerpo como si alguien con las dos manos estuviera apretando la ropa. Entonces sintió esa sensación, ¿sabéis cuando nuestra madre nos colocaba la ropa de la cama, la apretaba sobre nuestro cuerpo y luego la remetía por los dos lados para que estuvieras bien tapada?
Todo hubiese sido normal para Inés si no fuera porque la que remetía la ropa era su abuela que estaba muerta e incinerada.
Cerró los ojos y de ellos salieron unas lágrimas...si no hubiese sido porque se quedó dormida de inmediato hubiera visto como su abuela le limpiaba las lágrimas, le daba un beso y se acercaba a cada uno de sus nietos. Los fue besando uno por uno, cuando llegó a Ismael, se le quedó mirando y sonrió, había sido el más travieso, cuando era pequeño no se podía fiar de él ni un momento, le encantaba soltarla los animales cuando ya los tenía cerrados, le cortaba las flores de los rosales y se las regalaba a las chicas...
De pronto la abuela posó sus ojos en las zapatillas que Ismael tenía al lado de su saco, la abuela pensó:
- ¡Mira que son feas!
Las zapatillas de Ismael nunca la habían gustado, siempre decía que serían muy modernas pero feas a rabiar. Con media sonrisa dibujada en la cara fue a coger las dos zapatillas pero de pronto pensó:
- Te dejaré una, para que te de más coraje.
Y llevándose una de las zapatillas dijo:
- Esto por el pato que me ahogaste en el cubo cuando quisiste comprobar cuantos minutos aguantaba debajo del agua.
Y la abuela se fue dejando a los chicos dormidos.
Después entró en la casa y se dirigió a la habitación de su hija pequeña, estaba acostada con su marido, ella lloraba en silencio mientras que él roncaba a su lado. Adela besó a su hija y esta se quedó dormida al instante y con dos dedos de su mano derecha apretó la nariz de su yerno. Nunca le había gustado para su hija, pero ella se enamoró como una loca de él. La trataba bien y era cariñoso con ella pero a Adela nunca la había terminado de llenar y ahora en vez de consolar a su hija, la dejaba llorar sola y él roncando como si ese día a ella no la hubiesen arrojado al mar sin más contemplaciones.

2 comentarios:

  1. Interesante relato, me ha gustado mucho.

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  2. Venga pon ya la VI parte que nos tienes intrigadas, por cierto lo del pato... jajaja muy bueno

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