Esperanza se habría muerto de pena si hubiera visto donde estaba su madre, colgada en la lámpara, bueno, es un decir, pero sí, allí estaba en la lámpara. Porque a pesar de que nos solemos creer que los espíritus andan por los pasillos, la realidad es que "ellos" suelen estar siempre apoyados en algún sitio y las lámparas suele ser un sitio muy transitado por ellos. Debe ser que desde la altura pueden tenerlo todo controlado.
Un profesor indio, una vez me comentó, que las lámparas se debían limpiar siempre con plumero y suavecito...ha habido personas que han sacudido el polvo de las lámparas con paños y han oído como lamentos y quejidos.
Tened siempre cuidado, pues, al limpiar las lámparas de los techos y lo que se recomienda es no pulverizar nunca con sprays.
Esperanza lo tenía muy crudo, su madre se la había jurado y ahora empezaba una lucha que Esperanza no podía ganar. No se puede luchar contra lo que no se puede tocar. No te puedes defender de lo que no puedes ver.
Eran las 9 de la mañana, todos desayunaban para salir cada uno a su destino.
Esperancita dijo:
- ¡Qué pena, a esta hora desayunaba todos los días con la abuela!
- ¡Pobrecita! -dijo tía María
Esperancita pidió:
- Yo me quedo con el tazón que usaba la abuela para desayunar, quiero desayunar siempre en él.
- Anoche lo tiré a la basura -dijo su madre.
- ¿Por qué?
- Porque se me cayó y se rompió.
Estaba mintiendo. Ella por la noche estaba tan asustada que pensó que todo lo que hubiera en la casa que fuese de la abuela mejor estaba en la basura.
Esperancita fue a coger una taza para ponerse el desayuno y vio la taza de la abuela colocada en el mueble.
- Mamá, la taza de la abuela está aquí.
A Esperanza se le cayó la cuchara de la mano, pálida y con la voz entrecortada dijo:
- Creí que la taza que se me cayó anoche era la de la abuela.
- Ayer estábamos todos muy nerviosos -dijo su hermana
Mientras su hija desayunaba, a ella le parecía estar viendo a su madre desayunar. Se tomó rápido el café y se fue a su habitación pues los nervios no la dejaban parar ni un momento.
- ¡No puede ser, no puede ser! -se repetía
Esperanza en su habitación estaba desecha, o ella se estaba volviendo loca o había otra vida después de la muerte.
- ¡Qué majadera soy! Cuando te mueres se acaba todo -se decía ella misma.
Sintió una patada en la espinilla, se dobló de dolor y se tocó la pierna con la mano.
- ¿Mamá, por qué?
- Hija, eres una quejica. Eso es lo que solías decirme cuando me dabas en las piernas y te decía que tuvieras más cuidado.
Esperanza pensó que cuando llegara a Madrid tenía que ir a algún sitio donde le ayudaran a que su madre desapareciera.
- Hija, quítate esos pensamientos de la cabeza. Nadie puede hacer desaparecer a alguien que ya no está en este mundo. ¿Crees de verdad en esos mamarrachos que van con tanta maquinaria moderna diciendo que te sacan los espíritus de las casas? ¡Qué ilusos! El que viene a este mundo, no se va de aquí hasta que no haya cumplido su cometido.
- ¿Mamá, qué cometido es el tuyo?
- Ya lo sabrás. Donde yo estoy, ni avisamos, ni enseñamos, directamente actuamos.
- ¿Me vas a matar?
- Hija, soy tu madre, yo no podría matarte. ¿Tan mal te has portado conmigo como para creer que te puedo matar? ... Me marchó.
Adela desapareció dejando a su hija con la palabra en la boca. Lo que no la dijo es que ella no la podía matar. Como madre y aunque estuviese muerta, seguía queriéndola aun después de lo que ella la hubiese hecho. Pero el que estaba por encima de ella, ese actuaba sin dar cuentas y sin mirar ni la cuenta corriente, ni la clase social.
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