lunes, 3 de marzo de 2014

La muerte se venga IV

Cuando Esperanza esa noche se metió en su dormitorio con su marido, se sentía mal, estaba cansada, sin fuerzas.
Cogió su bañador y el de su marido y los metió en agua en el lavabo, los quitaría la sal del mar y los colgaría en la ducha para la mañana siguiente. Metió sus manos en el agua para empujar las prendas y que quedasen bien tapadas con el agua, entonces, notó como si en vez de empujar la ropa sus manos empujaran un cuerpo, sacó las manos rápidamente como si las hubiese metido en agua hirviendo. Se miró en el espejo y se vio pálida, se dijo para sí que no había nada en el agua, que solo eran tonterías suyas.

Lo que ella no podía ver era a su madre a su lado, hiendo detrás de ella, vigilando todos sus movimientos. Claro que si Esperanza la hubiese podido ver, ya si que habría creído que estaba loca del todo, ya que su madre los últimos diez años de vida los pasó en una silla de ruedas.

Dio al grifo del agua y volvió a meter las manos en el lavabo, destapó el tapón, cogió las prendas y las pasó rápidamente por debajo del agua, las estrujó entre sus manos y volvió a tener la sensación de que estrujaba un cuerpo, entonces escuchó un ruido, el mismo que su madre solía hacer cuando al sentarla o levantarla de la silla le hacía daño.
- Ay, ay...

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