Cuando Esperanza rodeada de sus hermanas y sobrinos se adentraron en el agua para tirar las cenizas de su madre al mar, no se podía imaginar lo que la vendría encima.
Ella sabía que su madre no habría querido aquello, tenía pánico al agua, pero también sabía que si la enterraban, tendría que ser ella la que se preocupara de adecentar su tumba, ya que sus hermanas vivían fuera.
Caía una tarde del mes de septiembre, era un atardecer tranquilo, la playa estaba casi desierta, el mar en calma. Hicieron un corro, en total eran doce personas, rezaron unas oraciones por su alma y echaron las cenizas al mar. En ese momento, sin saber de dónde, ni cómo, vino un viento horrible y todos recibieron parte de las cenizas en la cara.
Los jóvenes chillaron. Todos se limpiaron la cara sobresaltados, ¿cómo había empezado ese viento?
Inés, la nieta pequeña de 17 años, dijo:
- ¡Qué asco! ¿qué parte de la abuela me habrá dado en la cara? ¿habrán sido sus manos?
- ¡O las uñas de los pies! -dijo su prima Mónica.
- ¡Alomejor es una parte de su ...! -dijo su primo Ismael.
Su madre les regañó, aquello era una falta de respeto hacia su abuela.
Todos estaban sobrecogidos...lo que ninguno podía imaginar es lo que la vida les iba a cambiar a partir de ese momento, el momento en el que tiraron las cenizas al mar.
La que menos se lo podía esperar era Esperanza, que sabiendo el temor que su madre le tenía al mar, no lo respetó, tirando las cenizas al agua. Ella pensó que como ya estaba muerta no se iba a enterar de nada, pero lo que ella no sabía era lo que un muerto cabreado era capaz de hacer.
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